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ATRAPADO EN LA OFICINA – 01 – Esto es una condena

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Esto no es una oficina. Es una condena. Habré hecho algo muy sorete en una vida pasada para estar acá.

Trabajo en una empresa de telecomunicaciones yanqui desde hace cuatro años. Lo cual, entre pitos y flautas, significa que paso mi vida tipeando numeritos sin sentido.

Seguro, algunos dirán que no me queje. Que tengo un sueldo seguro y el culo muy cómodamente sentado en un lugar con aire acondicionado. Que hay otros que se parten el lomo bajo lluvia y sol a cambio de una miseria.

Querés la chupen. Ellos no lo tienen a Garquetti sentado cerca.

Odio a Garquetti. Lo odio profundamente. Nunca cruzamos más que un puñado de palabras, algún que otro comentario pelotudo sobre el clima o el tránsito mientras esperamos al ascensor. Pero así y todo lo odio.

“Profundamente” no es la palabra correcta. A Garquetti lo odio recreativamente. Es una de esas enemistades que se tienen en la oficina para matar el tiempo nomás.

A Garquetti le digo Garquetti porque va al baño seguido. Muy seguido. Recontra muy seguido. Diecisiete veces en un día fue su récord. Diecisiete. Y no exagero: llevo la cuenta. Tengo un cuadernito donde anoto cuando va y el tiempo que tarda. Básicamente, de cada cuatro días está uno en el inodoro. Es como tener un franco extra por semana.

Encima, siempre pero siempre, siempre se atrasa con el trabajo por pasársela en el baño y me terminan transfiriendo sus órdenes. A Garquetti le digo Garquetti porque, también, de una forma u otra, lo quiera o no, el tipo invariablemente me caga.

Aparte, se lleva libros. No el celular como hago yo. No el diario como hace el Capitán Energúmeno, mi jefe y archienemigo. Ni siquiera un discreto libro electrónico. No. Garquetti va al baño de la oficina con libros de papel gordos, obesos, de esos que asesinaron a medio bosque, de esos que en verdad son tres libros abrazados.

Y eso no es todo. Son buenos libros. Son libros que leí o que quiero leer. Eso es lo peor. Si al menos se llevara una pedorrada, sumaría más porotos al asco que le tengo y listo. Pero no. El muy sorete lee buenos libros. Compartir algo que se ama con alguien a quien se odia puede helar la sangre.

Pero hay más.

Canta. Garquetti canta. Garquetti canta todo el puto tiempo. Su repertorio es desquiciantemente específico. Canciones de “El rey león.” Eso nomás. Canciones de “El rey león.” No sé por qué. Una y otra y otra y otra y otra vez las canta.

Y no sólo eso.

Siempre pero siempre, siempre que canta gira hacia mí y me mira, sonriente, esperando, no sé, que lo imite, que lo aplauda, que le empiece un fan club. Canta y me mira y yo, sin saber qué carajo hacer, asiento con la cabeza como un pelotudo y le sonrío mientras fantaseo con partirle el cráneo con un matafuegos.

Al menos está ella. Lucía.

Es el único motivo por el cual no trabé las puertas de la oficina y la prendí fuego con todos adentro mientras como pochoclos y río y los veo arder.

La amo. Pero trabaja de otra cosa, de coordinadora de piso, y casi nunca cruzamos una palabra. Así y todo, el mejor momento de mi día es justo ahora, cuando ella va a buscar algo a la impresora. Cuando la puedo ver. Me da paz, esperanza.

Sonrío.

Sonrío por primera vez en demasiadas horas. Eso sí, tengo que pretender mirar en otra dirección para que nadie se dé cuenta. Lo único que supera a la velocidad de la luz es la velocidad de un rumor en una oficina.

Con eso me tengo que conformar. Con ver al amor de mi vida apenas por el rabillo del ojo.

De repente Garquetti gira. Piensa que lo estaba mirando a él. “Escuchate esto,” me dice.

Dejo de sonreír.

“Los ladrones de guantes blancos deben estar muertos de hambre,” dice. “Después de todo, hay muy pocos guantes blancos que robar.”

Se ríe. Me mira, con la boca abierta, esperando a que me ría.

“Malísimo,” le digo.

Se ríe más fuerte. Giro hacia la impresora. No está. Lucía no está. Garquetti se va al baño, chocho, cantando “Hakuna matata.”

Lucía no está. Ya nada brilla. Ya nada importa.

Abro el cajón, saco mi cuadernito. Miro el reloj, anoto la hora en la que Garquetti se fue. Cuento. Ya van catorce veces y apenas son las tres de la tarde. Quizá hoy rompe su récord. Pero no importa. Ya nada importa. Lucía no está.

Encima eso. Apenas son las tres de la tarde. No sé cómo mierda voy a sobrevivir hasta las seis.

Paseo mi mirada por la oficina. Veo en cada rincón, en cada persona, una aspiradora que me chupa el alma.

Garquetti vuelve. “Me olvidaba de esto,” dice, agarrando las novecientas páginas de la novela “Ana Karenina.” Va de nuevo al baño, cantando “Hakuna matata.”

La idea me llega inesperada y sin objeción. “Puedo vengarme de todos,” digo, casi en un susurro.

Paseo mi mirada por la oficina. Veo en cada rincón, en cada persona, un tiro al blanco. Sonrío.

 

Sebastián Defeo
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