Bio & Contacto

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No sé bien cómo autobiografiarme.

Nací el 5 de Noviembre de 1982. Nunca olí a un dragón. De chico me encantaba mirar a “El Zorro” y después escribir la famosa Z en las paredes de mi casa. También hacía trampa en “Elige tu propia aventura.” No tengo la más puta idea de si se dice pastaflora o pastafrola pero sí sé que mi héroe favorito es la Hormiga Atómica. O Robocop. O el Fantasma del Espacio. O el Batman de Adam West. O Aquaman. Creo que quizás amo mucho a muchas cosas. Amo el whisky. También la chocotorta. Soy indiferente ante la lechuga. Amaría ser un escridibúsico (escritor, dibujante, músico) y safarijirafas es mi forma de perseguirlo.

A partir de Abril del 2016 con Cecilia, mi novia y hogar ambulante, salimos a recorrer el mundo, trabajando de lo que conseguimos. Podés seguir nuestra aventura en holamondo.

Ante mi ineficiencia autobiográfica, le pedí a mis queridos lectores que me hicieran preguntas. Tan abajo.

Creo que eso es todo. Salú.


Contacto: hola@safarijirafas.com


¿De dónde vienen tus ideas?

Un duende me las vende.

¿Qué pensás de la chocotorta helada?

Es la chocotorta perfecta. No 100% helada pero sí 72%. ¿Cómo saber cuando está 72% helada? Con práctica. Con la práctica viene la gordura. Con la gordura viene la sabiduría.

¿Por qué el nombre safarijirafas?

Para empezar, la jirafa es un bicho estrambóticamente entrañable. Siempre me llamó la atención.

Cuando se me ocurrió el nombre, yo jodía con que la mejor manera para salir de una situación fea o aburrida era gritar: “¡Jirafas!” Es algo tan espontáneo y aleatorio que le sopapea la mente a cualquiera y, aprovechando su desconcierto, te permite huir tranquipanchi.

Entonces fue engordando en mí la idea de que lo absurdo y lo inesperado quiebran con el día a día. Te hacen dar cuenta de que las cosas pueden ser de otra manera.

Por el otro lado, safari como exploración, aventura, viaje.

Y mirá vos qué coincidencia, si juntás a esas dos palabras tenés safarijirafas, que es capicúa, reversible. Pasa que en el aventurarse, en lo lúdico, hay un ida y vuelta. Das y tomás.

Creo que eso es safarijirafas: una invitación a jugar.

¿Cuál es tu miedo más irracional?

Los tiburones. No importa si estoy chapoteando en el mar, en el río o en una pelopincho, lo seguro es que voy a estar con el culito fruncido, buscando una aleta.

¿Tus textos son ficticios o reales?

Un poco y un poco.

¿Te afeitarías la barba si de ello dependiera salvar al mundo?

No. Vería al mundo arder mientras acaricio a mi barba. Hasta que eventualmente mi barba también arda y ahí diga: “¡Oh, no! Fue todo en vano” y me cague muriendo como un pelotudo.

¿Qué libro te voló la cabeza?

Varios. Pero, si tuviera que elegir, me quedo con la saga “The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy.”

¿Preferís el chorizo o la morcilla?

Siempre estoy en la búsqueda del chorizo mágico. Pasa que suelen caerme pesados. Entonces corto la mitad haciéndome el distraído a ver si es de esos que me destruyen o si es de esos que me dan esperanzas en el mundo. Por el otro lado, la morcilla es indispensable y la he comido sin vergüenza de desayuno. Morcilla, café con leche y good show.

¿Que querías ser de grande cuando eras chico?

Paleontólogo. Después, 9 de Racing. Después, diseñador de aviones.

¿Escribir es una vocación o un oficio?

Es un oficio al cual uno cae por vocación.

¿Cómo te gustaría que te recuerden cuando ya no estés?

Como un buen tipo.

¿Cuánto le dedicás a la escritura diariamente?

Ni idea. A veces puedo pasar muchísimas horas y a veces no escribo en semanas. Creo que la escritura es un oficio que sin dudas requiere constancia y dedicación. En particular al comienzo hasta que se encuentra la voz. Pero también uno necesita nutrirse de vivencias y películas y libros y whisky.

¿Quiénes te influenciaron?

Todo influencia de una forma o la otra. Pero si tuviera que dar nombres… Fontanarrosa, Quino, Les Luthiers. Prácticamente todos los dibujitos animados de Hanna-Barbera. Sin dudas el Batman de Adam West. Amanda Palmer, Regina Spektor. Los Simpsons, Ren & Stimpy. Tina Fey, Seinfeld, Louis CK. Bill Plympton. Douglas Adams, Neil Gaiman, Alan Moore. Capusotto. Charlie Kaufman, Dan Harmon. Tarantino, en especial en esos fragmentos cuando hace comedia. La serie irlandesa “Father Ted” me enseñó un montón sobre la importancia de divertirse y de que la limitación a la hora de escribir la tiene uno. Monty Python. Había un canal llamado Unovisión que, en las trasnoches, pasaba un soft-porn con argumentos extrañísimos… tipo lesbianas nazis que se transformaban en lobas. Eso sin dudas moldeó a mi cerebro.

¿Qué le recomendás a los que sueñan despiertos?

Que dejen de hacerlo.

Soñar despierto es muy lindo y muy necesario. Pero también es muy fácil. Sin dudas, es más fácil que mover el culo y efectivamente hacer algo.

Pasa que en el sueño todo es perfecto e intocable y no hay burlas ni fracaso. Pero tampoco hay aprendizaje ni crecimiento, no hay conexión con otro ni hay esa catarsis enorme que genera poner el cuerpo y entregarse.

El que sueña despierto por demasiado tiempo termina adormecido.

Si me pedís que les recomiende algo, sería: a salir del cascarón y perseguir lo que se ama.

¿Canción favorita?

“Old friends,” de Ylvis.

¿Por qué elegiste ser escritor?

No lo elegí. Siempre escribí y dibujé y compuse música. Quizá frecuento más a la escritura que a otra cosa.

Lo que me encanta de la literatura es que, con algo tan barato como un puñado de palabras, uno puede viajar y ver historias que en otro soporte requeriría un montonazo de tiempo y dinero. Ejemplo: “El robot gigantesco disparó su teta misil contra el monstruo de chocotorta.” Son doce palabritas que costarían una fortuna. Aunque quizá la valgan. Robot, teta, chocotorta. Es todo lo que está bien en el mundo. Che, de casualidad, ¿no tenés el teléfono de Hollywood?

¿Qué sentís cuando escribís?

Desnudez. Y teclas.

¿Serías otra cosa más allá de escritor?

Músico, director de cine o dibujante los siento demasiado emparejados con la escritura, con contar una historia. Así que carpintero o zapatero. Amaría ser carpintero o zapatero.

¿Qué cosas te hacen reír?

Lo pavo, lo tierno, lo ridículo, lo tonto, lo ingenuo, lo honesto, lo inesperado, lo descabellado. Y tu culo.

¿Qué cosas te hacen llorar?

La soledad, el paso del tiempo, picar cebolla.

¿Qué cosas te hacen estornudar?

Cambios de temperatura bruscos son el némesis de mi nariz.

¿Desde dónde arrancás tus historias?

Escribo como un río. El texto va solito buscando un mar. O algo así.

¿Las galletitas de la chocotorta se remojan en café caliente o frío?

¿Cómo vas a remojarlas en café caliente, la recalcada concha de la lora drogadicta? Me vas a dar un ataque de caspa. Café frío con un poco de whisky y ñam ñam ñam.

¿Qué le dirías a alguien que trabaja de alfabetizar a gente?

Les mostraría a tus alumnos este mismo texto. Les preguntaría qué ven en él. Después, se los leería.

Algunos dicen que leer te permite conocer ideas de gente de todos los rincones del mundo y de la historia humana. Tipos y minas que estuvieron pelándose el culo pensando y pensando y pensando y vos podés chupar ese esfuerzo y esa sabiduría en un par de renglones.

Otros dicen que leer te permite viajar. Hay historias maravillosas, de piratas, de robots, de naves espaciales, de fútbol, de lo que se te cante. Y hay también personas que anduvieron por todo el mundo y escribieron crónicas y leyéndolas podés viajar a lugares que ni imaginabas que existían.

Otros dicen que leer te estimula la mente, te despierta, te acerca ideas, información, herramientas.

Otros dicen que leer te permite progresar, tener un mejor trabajo, asegurarte de que nadie te haga firmar algo que no entendés, que nadie te cague.

Yo, por mi parte, le agito los trapos a todas las opciones anteriores. Y sumo tres más.

Uno, en el año 2007 escribí un par de cuentos. En el 2009 una mujer los leyó y le gustaron. Le gustaron mucho. Le gustaron tanto que me buscó con claras intenciones de seducirme y desde el 2010 es felizmente mi novia.

Dos, con mi novia estábamos trabajando de cosas que detestábamos. Todos los años pateábamos para adelante un sueño que parecía imposible: salir a recorrer el mundo, trabajando de lo que consiguiéramos, trabajando y viajando. De repente leímos historias de un montón de personas que estaban haciendo lo mismo. Leímos cómo lo hacían, las aventuras que tenían, los consejos que daban. Y gracias a eso lo decidimos. Renunciamos y salimos a perseguir a nuestro sueño.

Tres, nos tocó trabajar en un hotel en una isla perdida en Camboya. Los dueños se iban de vacaciones y nos dejaban a cargo de cinco camboyanos que apenas hablaban una palabra de inglés. Nos entendíamos con señas. La cuestión es que un día la cocinera se siente mal, se siente muy mal. Va al médico y vuelve con los estudios. No sé por qué estaban en inglés y los pudimos entender. Pero ella no sabía leer. Ni inglés ni camboyano ni nada. El médico le había subrayado un valor que estaba apenas por encima de lo normal. Son bastante malos los médicos camboyanos. Ponele que era algo que tenía que estar entre cien y cien mil recontra millones y a ella le dio cien mil recontra millones y uno. Era apenas un pelito más de lo normal. Le escribimos a un amigo médico para preguntarle, le pasamos los valores que leíamos y nos dijo que no tenía nada de qué preocuparse. Es más, estaba en perfecta salud. Ahora, andá a decírselo a ella con señas. Intentamos como pudimos pero nada. Se aferraba al papel y veía esa cosa subrayada que no entendía y temía y temía y temía. Días estuvo así. Incluso un mes después, cuando nos estábamos yendo de la isla y fuimos a su cuarto para despedirnos, ahí estaba el papel. Se lo señalamos, le dijimos con señas que todo estaba bien. Lo miró con horror, lo guardó. A veces imagino que, cada tanto, lo saca y ve esa cosa subrayada que no entiende y teme y teme y teme.

Resumiendo, la lectura nos pone en contacto con lo que amamos, nos da las herramientas para perseguir nuestros sueños y nos ahuyenta el temor. Para mí, eso vale la pena. No sé para vos.